Enero26
Estoy al borde de un acantilado, a punto de saltar.
No, no es un grito de ayuda. No, no es una afirmación de instintos suicidas.
Es algo consciente, algo para lo cual vengo tomando carrera desde hace tanto tiempo que varias estaciones se transcurrieron. De donde soy no hay nieve, pero el frío del invierno se viene haciendo sentir a cada zancada.
Pero ya no más.
Veo las caras, las miradas, los ojos de la gente vitoreando, a gritos, abriéndome el paso, haciéndome llegar con más y más fuerzas hacia el borde.
En el medio hay quienes están intentando construirse un puente, otros quienes se cuelgan de mi cansado cuerpo, temiendo que los abandone; hay también quienes comenzaron a correr junto a mí, o que venían haciéndolo desde antes que yo empezara.
En medio de los gritos de aliento, de los silencios de consuelo y las miradas de indiferencia salgo campante hacia la luz, siento en la piel el leve ardor, picante, que proviene del sol que está saliendo al otro lado de la grieta.
El momento acumulado me llena de adrenalina, hace saltar las venas de mi cuello. Duele, todo cambio lo hace, pero nunca deja de haber una sonrisa iluminando mi cara. La mía, la de otros. Siempre una sonrisa da fuerzas para seguir.
Llega el instante, puedo sentirlo. He vuelto al comienzo.
Estoy al borde de un acantilado, a punto de saltar.
Siento la tensión enorme en los músculos de todo mi cuerpo y sin dudarlo, mientras miro a mi alrededor. Observo, en lo que parece una eternidad, las sonrisas y las emociones en la cara de quienes me acompañaron hasta allí, la incertidumbre y la emoción de la aventura de quienes están a punto de saltar conmigo y las miradas apagadas de aquellos que, indiferentemente, quedarán de ese lado.
Mis primeros instantes en el aire están plagados de silencio. Miro hacia el sol saliente, hacia el otro lado, lleno de misterios, de nuevos lugares, historias y mundos.
Una implacable ráfaga de viento se condensa sobre el cañón. Siento cómo va rasgando mis ropas, lacerando la piel, desprendiéndome violentamente de la carne que llevaba puesta.
Estoy a carne viva, ya sin piel. Duele, infinito, como todo cambio lo hace, y grito, grito para darme fuerzas, grito para darle fuerzas a los otros, grito por última vez en este disfraz. La tormenta de verano está quemando mi cuerpo, desprendiéndome de los músculos. La sangre brota para todos lados, forma una mezcla extraña, una lluvia de arena, ceniza, y sangre.
Mientras mis ojos se van derritiendo en el amanecer del nuevo día, mientras vuelo libremente en el aire, no puedo evitar que las lágrimas se arremolinen en la última visión que tendré como aquella versión de mí.
Miro mi mano y veo huesos, sólo huesos.
Estoy desnudo ante la vida, volando por los aires. Esta es mi forma más íntima, más minimal, más básica.
Estoy en mi centro, en mi motor. Dejaré que los otros se bañen en mi carne.
Siento al universo llamarme, siento el amanecer en mis huesos, desde adentro.
Veo, del otro lado, rostros sorprendidos que empiezan a vitorearme.
Y sonrío.